El anillo de ámbar es una joya que ha perdurado a lo largo de los siglos sin perder su encanto. Desde los sellos romanos grabados en ámbar hasta las creaciones contemporáneas engastadas en plata, esta resina fósil siempre ha encontrado su lugar en el dedo. Lo que hace que el ámbar sea tan especial en un anillo es, en primer lugar, su calidez al tacto: donde un anillo de piedra mineral se mantiene frío, el ámbar calienta el dedo en cuanto te lo pones. También es su ligereza; pronto olvidas que lo llevas puesto. Y luego está la luz: en un cabujón engastado en plata, los tonos miel, coñac o cereza del ámbar captan la luz con una profundidad cálida que las piedras cristalinas no reproducen. Algunas piezas incluso contienen inclusiones de insectos o vegetales atrapados durante millones de años, lo que convierte cada anillo en un pequeño museo de historia natural en la punta del dedo.
En la litoterapia, llevar un anillo de ámbar permite mantener esta energía solar y purificante en contacto con la piel durante todo el día. El ámbar actúa sobre el chakra del plexo solar y aporta calidez, consuelo y vitalidad. En el dedo, también se le atribuye la capacidad de aliviar los dolores articulares de las manos, según la tradición. El ámbar combina bien con el cuarzo rosa (suavidad), el citrino (optimismo) o el cristal de roca (amplificación). Para el mantenimiento, quítese el anillo antes de lavarse las manos con jabón, productos químicos y perfume. Límpielo con un paño suave y recárguelo bajo un sol suave. Con una dureza de 2 a 2,5 en la escala de Mohs, el ámbar es muy blando, evite golpes y arañazos.