La pulsera de lapislázuli es una joya real para la muñeca. Este azul real profundo, salpicado de destellos dorados de pirita que brillan con cada movimiento de la mano, tiene una nobleza inmediata que pocas piedras pueden reivindicar. Cada cuenta es un pequeño cielo estrellado, con su propio azul, su propia distribución de destellos dorados y a veces toques de calcita blanca que añaden carácter. El lapislázuli se ha usado como pulsera durante milenios: sumerios, egipcios, persas, romanos, todos adornaron sus muñecas con esta piedra que consideraban sagrada. Los ejemplares más bellos provienen siempre de las mismas minas de Sar-e-Sang en Afganistán, explotadas sin interrupción durante más de 6.000 años.
En la litoterapia, la pulsera de lapislázuli en la muñeca difunde continuamente una energía de sabiduría, verdad y nobleza interior. El lapislázuli trabaja en el chakra de la garganta y el chakra del tercer ojo, favoreciendo una expresión sincera alimentada por la intuición. En la muñeca, acompaña cada gesto con esa profundidad de pensamiento y esa justeza de palabra que caracterizan a las personas sabias. Es la pulsera de quienes reflexionan antes de hablar, que buscan la verdad antes que el consenso y que quieren encarnar sus convicciones con integridad. Se recomienda a líderes, maestros, intelectuales y a todos aquellos que quieran desarrollar su discernimiento. El lapislázuli se asocia naturalmente con la amatista (espiritualidad y profundidad), la sodalita (claridad mental) o el cristal de roca (amplificación). Para el mantenimiento, nada de sal, nada de ácidos, nada de productos químicos. Un enjuague con agua clara y una recarga a la luz lunar son suficientes. Con una dureza de 5 a 6 en la escala de Mohs, quítese la pulsera antes de la ducha y el deporte.