Los accesorios de ámbar tienen un encanto especial en el mundo de las piedras naturales, y con razón: el ámbar no es una piedra. Es una resina fósil de 30 a 50 millones de años de antigüedad, secretada por coníferas prehistóricas, luego solidificada y transformada por el tiempo. Es este origen orgánico lo que le da al ámbar su calidez única al tacto —más cálido que cualquier mineral— y sus tonos profundos que van desde el amarillo miel hasta el coñac oscuro, a veces con inclusiones de insectos o vegetales atrapados durante millones de años. Las civilizaciones bálticas lo llamaban "el oro del Norte", los griegos lo denominaban *elektron* (de donde proviene la palabra electricidad) porque se carga de electricidad estática al frotarlo.
En la litoterapia, el ámbar es conocido por sus propiedades cálidas, calmantes y purificadoras. Actúa principalmente sobre el chakra del plexo solar y difunde una suave energía solar que calienta el cuerpo y la mente. Es una resina tradicionalmente utilizada para aliviar el dolor de muelas en bebés (en collares), calmar las tensiones articulares y proporcionar una sensación de bienestar general. El ámbar también es conocido por absorber las energías negativas y devolver la vitalidad.
El ámbar combina bien con el cuarzo rosa (suavidad), la amatista (calma) o el cristal de roca (amplificación). Para su mantenimiento, no utilice agua caliente, productos químicos ni perfume directamente sobre la joya. Límpielo con un paño suave ligeramente húmedo y recárguelo bajo el sol suave durante unas horas. El ámbar tiene una dureza de solo 2 a 2.5 en la escala de Mohs, por lo que se raya fácilmente.