Las joyas de crisoprasa sorprenden por su color. Este verde manzana, luminoso, fresco, casi ácido, no se parece a ninguna otra piedra verde. Ni el verde profundo de la esmeralda, ni el verde oliva de la serpentina, ni el verde brillante de la aventurina: el verde de la crisoprasa es único, alegre, vivo. Es una variedad de calcedonia (cuarzo microcristalino) cuyo color proviene de trazas de níquel en su estructura. De hecho, es la calcedonia más preciosa y buscada. Alejandro Magno, según la leyenda, llevaba una crisoprasa en su cinturón durante sus batallas porque estaba convencido de que le aseguraba la victoria. Federico II de Prusia adornó con ella las paredes de la capilla de Sanssouci en Potsdam, fascinado por su brillo verde.
En gemoterapia, la crisoprasa es una piedra de renovación, esperanza y apertura del corazón. Trabaja en el chakra del corazón con una energía fresca y ligera, muy diferente de la dulzura envolvente del cuarzo rosa o la profundidad de la esmeralda. La crisoprasa es la piedra del nuevo comienzo: ayuda a pasar página, a dejar atrás los resentimientos, los celos y los patrones relacionales tóxicos. Es una piedra que devuelve la confianza en el futuro y que reconecta con la simple alegría de estar vivo. Se recomienda después de una ruptura, un duelo o cualquier período en el que se necesite empezar de cero con el corazón ligero.
La crisoprasa se asocia muy bien con el cuarzo rosa (dulzura y amor), la aventurina verde (suerte y optimismo) o el cristal de roca (amplificación). Para el mantenimiento, evite la exposición prolongada al sol directo que puede hacer que su color se opaque con el tiempo. Un enjuague con agua clara y una recarga a la luz lunar son suficientes. Con una dureza de 6,5 a 7 en la escala de Mohs, es una piedra resistente y agradable para usar a diario.