Las joyas de turquesa son unas de las más antiguas del mundo. Desde tumbas egipcias de 6.000 años de antigüedad hasta los ornamentos de los nativos americanos navajos, desde los guerreros aztecas hasta los sultanes otomanos: ninguna piedra ha viajado tanto a través de culturas y épocas. Y cuando vemos ese azul verdoso único, atravesado por venas marrones o negras llamadas matriz, entendemos por qué. La turquesa es un fosfato de cobre y aluminio que debe precisamente su color al cobre que contiene. Cuanto más concentrado está el cobre, más intenso es el azul. Las venas oscuras son las huellas de la roca huésped en la que se formó la turquesa, y es esta red natural la que hace que cada piedra sea absolutamente única.
En la gemoterapia, la turquesa es una piedra de protección, comunicación y viaje. Actúa sobre el chakra de la garganta y ayuda a expresarse con autenticidad, a establecer límites saludables y a comunicarse con benevolencia. También es una piedra de protección para el viajero, utilizada durante milenios por quienes emprenden el camino. Los nativos americanos la consideran todavía hoy una piedra sagrada que conecta el cielo y la tierra.
La turquesa combina muy bien con el lapislázuli (sabiduría y expresión), la cornalina (vitalidad y creatividad) o el cristal de roca (amplificación). Para su mantenimiento, ¡cuidado!: la turquesa es una piedra porosa y frágil. Nada de productos químicos, nada de perfumes, nada de agua prolongada. Límpiala con un paño suave y seco y recárgala a la luz de la luna. Con una dureza de 5 a 6 en la escala de Mohs, requiere un poco más de cuidado que otras piedras.