El collar de lapislázuli es una joya que lleva 6.000 años de historia en el hueco del cuello. Este profundo azul real, salpicado de destellos dorados de pirita que brillan como estrellas en un cielo nocturno, ha fascinado a todas las grandes civilizaciones. La máscara funeraria de Tutankamón está adornada con él, los sumerios lo consideraban la carne de los dioses, y los pintores del Renacimiento lo molían para obtener el pigmento más precioso de todos: el ultramar, más caro que el oro en aquella época. Vermeer, Miguel Ángel, Rafael: los azules más famosos de la historia del arte están pintados con lapislázuli. Llevado como collar, se sitúa naturalmente entre el chakra de la garganta y el chakra del tercer ojo, los dos centros sobre los que mejor actúa.
En litoterapia, el collar de lapislázuli es conocido por sus propiedades de sabiduría, verdad y realeza interior. En el cuello, favorece una expresión sincera y profunda, nutrida por la intuición y la reflexión. No es una piedra para charlatanes: el lapislázuli ayuda a hablar con precisión, a decir las cosas que realmente importan y a asumir las propias convicciones. Es la piedra de los líderes, de los maestros, de los pensadores y de todos aquellos que buscan encarnar su verdad. También se recomienda para estimular el intelecto y profundizar la meditación. El lapislázuli se asocia naturalmente con la amatista (profundidad espiritual), la sodalita (claridad mental) o el cuarzo cristal (amplificación). Para el cuidado, el lapislázuli no tolera la sal, los ácidos ni los productos químicos. Limpie su collar con agua limpia y recárguelo a la luz de la luna. Con una dureza de 5 a 6 en la escala de Mohs, quíteselo antes de ducharse y practicar deporte.