Las joyas de tectita encierran un evento cósmico. La tectita no es una piedra ni un cristal en el sentido clásico: es un vidrio natural formado por el impacto de un meteorito en la superficie terrestre. Durante la colisión, el calor y la presión extremos derritieron las rocas y los sedimentos del suelo, proyectando gotitas de vidrio fundido a la atmósfera. Al caer, estas gotitas se solidificaron en formas aerodinámicas características: gotas, esferas, discos, mancuernas. Esto le da a cada tectita esa superficie negra, rugosa y esculpida, que no se parece a nada más. Se encuentran principalmente en el sudeste asiático (Indochinitas), Australia (Australitas), África (Ivoritas) y Europa central (Moldavitas, las más buscadas). Las tectitas más antiguas tienen unos 35 millones de años, las más recientes 700 000 años.
En la gemoterapia, la tectita es una piedra de transformación radical, de despertar y de conexión cósmica. Trabaja en todos los chakras, pero particularmente en el chakra coronal y el chakra raíz, creando un puente entre la tierra y el cosmos. Es una piedra que acelera los procesos de cambio interior, que ayuda a soltar los apegos que frenan la evolución y que abre la conciencia a dimensiones más vastas. Se recomienda a las personas en plena transformación de vida, a los meditadores que buscan profundizar su práctica y a aquellos que sienten que están listos para un salto evolutivo. La tectita no hace las cosas a medias: sacude, acelera, transforma.
La tectita se asocia bien con el cristal de roca (amplificación y claridad), la amatista (sabiduría para canalizar la transformación) o la turmalina negra (anclaje necesario para equilibrar la energía cósmica). Para su mantenimiento, un enjuague con agua clara y una recarga a la luz lunar o solar son suficientes. Con una dureza de 5 a 6,5 en la escala de Mohs, es un vidrio natural que requiere una atención mínima frente a los golpes.