El collar de rodrocrosita es una joya de una belleza conmovedora en el hueco del cuello. Su rosa intenso, a veces frambuesa, a veces salmón, surcado por bandas blancas o crema concéntricas, confiere a cada colgante o perla un patrón único que se asemeja a una rosa vista en corte. De ahí viene su nombre, del griego rhodon (rosa) y khroma (color). En Argentina, se la conoce como la «Rosa del Inca»: la leyenda cuenta que estos cristales rosados serían la sangre petrificada de los antiguos reyes y reinas incas, transformada en piedra por su amor eterno. Llevada como collar, la rodocrosita se encuentra naturalmente a la altura del chakra del corazón, exactamente donde mejor actúa.
En litoterapia, el collar de rodocrosita es reconocido por sus propiedades de amor propio, de curación del corazón herido y de reconstrucción de la autoestima personal. Es una piedra que busca las heridas más profundas y antiguas, a menudo las de la infancia, y que ayuda a transformarlas en fuerza y compasión. En el cuello, envuelve el corazón con una energía de ternura y perdón hacia uno mismo. Se recomienda a las personas que se devalúan constantemente, que llevan heridas emocionales muy antiguas o que necesitan reencontrar al niño interior para sanar. La rodocrosita se asocia magníficamente con el cuarzo rosa (dulzura y amor incondicional), la rodonita (cicatrización de heridas relacionales) o la amatista (calma y liberación). Para el mantenimiento, ¡atención!: la rodocrosita es delicada con una dureza de 3,5 a 4 en la escala de Mohs. No sal, no productos químicos, no golpes. Limpie su collar con un paño suave ligeramente húmedo y recárguelo a la luz lunar o sobre un cúmulo de cristal de roca.